Liga de las Democracias Vs. Naciones Unidas.

Foreign Policy, July/August, 2008.
A League of their Own.

Síntesis y Traducción del artículo publicado por Thomas Carothers.

Fuente: http://chromatism.net/current/images/notoun.gif

Hay en el ambiente una nueva idea que circula la cabeza de grandes políticos, y es la creación de una  institución que tome responsabilidad por la paz mundial, se asegure de presionar a los regímenes autocráticos, de frente a las crisis del VIH y el calentamiento global, e incluso probablemente  en un futuro pueda sustituir a las Naciones Unidas. A este nuevo “Santo Grial” han optado por llamarle, entre otros anacronismos, la Liga de las Democracias (league of democracies).

La idea de dar origen a  una institución de este estilo no pudo haber salido de otro lugar más que de los Estados Unidos de Norte América. De hecho, esta idea fu concebida a raíz de la frustración que provocó la incapacidad de los Estados Unidos para que aprobaran su intervención en Iraq. El problema con una proposición como esta es la preocupación que deja el no saber cuáles serían con exactitud sus labores, lejos de tener como fin último el sustituir a las Naciones Unidas.

Durante los últimos años, no es secreto, los Estados Unidos han presionado su agenda por encima de cualquiera que se ponga en el camino. Una gran falta de interés sobre las formas en que otros perciben al mundo, la impresionante predisposición a imponer sus propias ideas en países que no las comparten, y algunas cosas que pueden llegarse a escapar, han sido la bandera bajo la cual se ha escudado el gobierno norteamericano (que no es lo mismo que hablar de la gente estadounidense, en quiénes se puede visualizar tanto lo peor de la globalización, como un espíritu mundializado por igual positivo como activo). Sería complicado pensar que precisamente esto pueda funcionar como base para una nueva era de cooperación internacional.

Estamos ya muy lejos de los inicios de la década de los 90´s en que la mayoría de las democracias emergentes tenía simpatía por la agenda estadounidense. Probablemente, de invitar a todas estas naciones que ha perdido el amor por lo “americano”  a formar parte de la Liga de las Democracias, el gobierno norteamericano se vería incómodo ante una vasta mayoría. De hecho, en los últimos 10 años, la forma estadounidense de lidiar con sus políticas exteriores ha dejado mucho a qué desear. Al comprender esto, posiblemente nos podemos imaginar cómo es que las membrecías a su club de democracias selectas podrían verse limitadas a países con intereses tanto políticos como económicos, que fuesen de la mano de los del gran imperio americano. Tampoco se escucha una sólo voz que al unísono hable de un interés legítimo por dar pie a un organismo de esta índole.

La triste realidad es que en la actualidad el humor internacional está marcado por la “global freedom agenda” del presidente Bush. Ahora la “democracia estadounidense” está colmada con tintes deshonestos, una mera máscara que no muestra los verdaderos intereses de la unión americana.

El plan de dar paso a una liga de las democracias se sustenta en la creencia de que cualquier democracia, por el simple hecho de serlo, comparte los mismos intereses que el resto de su categoría. Nada más distante a la realidad.  Tal vez ese vínculo sólo pueda ayudar a comprender que únicamente al trabajar unidos, se puede dar cauce a un plan mundializado de “orden” y “armonía” a nuestro planeta. Poner algo así en práctica requiere de una madures espiritual y evolutiva, que algunos dudan que hayamos alcanzado ya como género.

Al simplificar las cosas, éstas pierden su riqueza. De ahí que la idea de un mundo en que cada democracia tenga sus intereses alineados en el mismo sentido es un tanto utópica e irreal. Incluso hay factores como la identidad regional, las orientaciones religiosas, los tintes étnico, perfiles económicos, y legados históricos que hacen aún más compleja la ejecución de un plan del ancho que se está proponiendo. Si en la diversidad esta la riqueza, y habitamos un mundo diverso en identidades, actitudes y visiones parcializadas, sería complicado (más no imposible) asegurarse de encausar todo esto en acciones concretas que provoquen cambios representativos para todo el planeta.

La liga de las democracias es un intento burdo a dar pie a un organismo que sustituya a las naciones unidas. No hay duda de que una propuesta como esa está bien intencionada, pero en un mundo como este, y con una realidad política  y económica como la que vivimos, es cada vez más difícil esperar  que se dé por concreto algo parecido, con un impacto real y positivo.

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